La recién llegada

La idea de su llegada me puso nerviosa, ansiosa, inquieta, en un estado de incertidumbre. No era algo nuevo para mí, sin embargo, existía una sensación rara; era un estado ya conocido, mismo que había sentido antes, tiempo atrás, en aquellos años que llegó «la intrusa amiga» a mi casa… a mi vida… a mi corazón. En aquel tiempo estaba convencida de que la intrusa era una espía. Me daba miedo que me mirara con aquellos ojos profundos y amarillos. Ahora, la recién llegada era… era… parecía… inofensiva, pero era más brava de lo aparente. Qué pasaría si ella… si ella… no sé… hiciera… lo peor. -Cómo qué… -Pues… no quisiera pronunciar las palabras… porque las palabras son poderosas, pesan y mágicamente ya dichas… se cumplen.

Tuve miedo, mucho. Por las noches no podía dormir bien porque creía que ella hacía cosas malas en silencio, en la oscuridad -Cuáles… -Como… como… mat… ma… ta… r… Sentía escalofríos con cualquier ruidito por más chiquito; me despertaba con el temor, con la angustia. Pero definitivamente lo que más me asustaba era la seguridad del pequeño Leo Mon que dormía con ella; él, todas las noches subía las escaleras y tocaba desesperadamente la puerta, primero chillaba quedito e iba en aumento y cuando yo abría la puerta ella ya estaba ahí, a su lado. Eso ocurrió durante unas tres semanas, lo cual resultó agotador.

Después vinieron los ladridos y aullidos, a las tres de la mañana empezaba y no paraba. Leo se escondía en algún rincón, aturdido. Y de todo esto resultó que de repente ella ya dormía en mi cama, creo que fue la única manera de mantenerla apaciguada porque de otra forma no se callaba, por más que se le reprendiera. Me parecía tan extraño porque ella ya entre mis sábanas parecía un querubín, se dormía muy acurrucadita y tranquilita. Sabía que me estaba manipulando severamente. Al igual que lo hizo “la intrusa amiga”.  

Los días corrían y cuando parecía que iba mejorando su comportamiento, recaía. Un día me mordió el dedo, otro, mordió a una tal Cali, le dejo un hoyo en la oreja y un río rojo. Qué hacíamos mal o qué podíamos hacer por ella, comencé a sufrir. También quien sufría era Leo Mon parecía enfadado todo el tiempo, curveaba su cola en signo de enojo. Él se veía cansado porque por las noches nomás ya no dormía y en los días, cuidaba sus pertenencias. Hubo peleas entre ellos por los juguetes, por el alimento, incluso por el amor, el cariño y los mimos.

El plan era que ella estuviera temporalmente en la casa. Mientras alguien la aceptaba, lo intentamos, hablamos con muchas personas, compartimos su foto con amigos, familia y conocidos, y desconocidos también, pero nomás… nadie la quiso; las respuestas fueron las esperadas, y yo sabía que ella, aunque fuera recibida en algún hogar, sería echada por su mal comportamiento. Y así fue como reinó nuestro departamento; con el tiempo, mi existencia, mi vida y mi corazón. Sí, soy débil, volví a caer.

Rosmalia Alatriste

Lecturas recomendadas

Cisneros, Andrea, “Estoy enamorado” en Lee cuento, México, Punto fijo, 2008.

Dávila, Amparo, “El huésped” en Muerte en el bosque, México, FCE, 1985.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Comenzar
A %d blogueros les gusta esto: